Cuentos

El Veintinueve

Por Pablo Gracia Beccar

Tras dos meses de espera, el llamado de la Clínica Gerontológica Modelo nos tomó por sorpresa: por fin había llegado la mañana en que atenderían a mamá.

La levanté bien temprano, hubo un rápido desayuno. La abrigué, me puse el sobretodo y partimos. Dudamos entre caminar o tomar un colectivo, pero en tiempos duros siempre nos decidimos por la caminata.

Aun cuando no era lejos, los lentos pasos de mamá, y también mis años, nos demoraron. Una multitud se amontonaba en la sala de espera. Retiramos nuestro número, el 28, y mientras ella tomaba un asiento que le cedieron, fui a Administración a presentar el carnet. Parado frente al mostrador, me volví y le eché un vistazo: pronto se quedaría dormida. Ése era su nuevo achaque, pobrecita: narcolepsia. Apenas se quedaba quieta, se adormecía. Y eso me preocupaba.

Al volver, no quise despertarla. Tomé el diario y descubrí con satisfacción el pequeño titular: atrapan a la banda de la bolsa. El caso me indignaba: un grupo de malandrines se dedicaba a estafar a los viejitos con diversas tretas. No podía entender cómo se dejaban embaucar con ilusiones tan mal elaboradas. Quizás el ser incauto constituya una dolencia más con la que nos castiga la vejez. Me consolé pensando que mamá me tenía a mí para protegerla.

Antes de seguir leyendo, recorrí con la mirada al resto de los pacientes. Reconocí a doña Mabel, la esposa de don Anselmo, el verdulero; a doña Amelia, la viuda de enfrente, y acaso vi a don Vittorio, el profesor de piano del barrio, aunque dudé: si era él, se mostraba muy envejecido. A mi lado dormía una ancianita con aspecto de abuela de cuento. En Administración parecían estar todos abocados a sus tareas.

Puntualmente, a las siete y media, llamaron al primer paciente. Varios se despertaron con el grito de la enfermera, y les noté la satisfacción: el regreso al hogar se acercaba.

Luego, la sala retomó su silencio. El tiempo transcurría lentamente, confirmando que no siempre es igual. Acaricié con cuidado el cabello blanco de mamá: no quería molestarla, necesitaba descansar.

Habrían pasado unas quince personas cuando comencé a inquietarme. Los números eran voceados, los viejos se levantaban, arreglaban sus arrugadas ropas, iban hacia la puerta del pasillo de los consultorios… y nunca más se las volvía a ver.

Nunca más. Desaparecían.

Miré a mi alrededor alarmado. ¿Yo era el único que lo había advertido? En ese instante, hasta el ambiente mismo mutó. El aire escaseaba, las luces perdieron brillo, las caras de los de la Administración ya no eran amistosas: denotaban fastidio, vigilaban. Un enfermero pasó cerca con un aparato desconocido, sospechoso. Intenté razonar: nunca había estado allí, y las esperas son tediosas. Qué frágiles y asustadizos nos volvemos al envejecer.

Impaciente, me acerqué sin llamar la atención a la misteriosa puerta. Seguro de encontrar una salida, me puse en puntas de pie y miré hacia adentro, hacia el corredor. Quedé desconcertado: la luz era escasa al final del largo pasillo y propiciaba la duda. Por un momento, alcancé a vislumbrar una puerta de salida en el otro extremo, aunque inmediatamente creí distinguir una sólida pared. No pude llegar a una conclusión definitiva y no quise arriesgarme a que me descubrieran. ¿Había una puerta o una pared? La respuesta amenazó ser tan aterradora que debí sostenerme del picaporte cuando me flaquearon las piernas.

¿Y ahora qué hago?, me pregunté aturdido mirando hacia los asientos. Solamente quedaban seis personas; entre ellas, mi madre, la esposa del verdulero, la viuda de enfrente y la abuelita. Y esas caras hoscas de la Administración, que de seguro me habían estado espiando.

Comencé a caminar de un lado a otro, debía analizar la situación, proteger a mi madre.

¿Había una puerta o una pared?

Tomé conciencia de que mis pasos nerviosos podían llamar la atención. No terminaba de formular este pensamiento cuando se me acercó un enfermero.

—¿Qué pasa, amigo, vio un fantasma por allí? ¿Se siente bien? ¿Quiere que lo acompañe a algún lado?

¿Me estaba amenazando? Apenas pude balbucear una respuesta y me alejé rápidamente bajo la mirada torva del personal de Administración.

—¿Usted también lo notó? —me preguntó Mabel, la esposa del verdulero, apenas me senté.

—¿A qué se refiere?

—A que los pacientes no vuelven.

—¿No vuelven? —repetí.

—No vuelven. Desaparecen.

—Bueno…sí. Pero debe haber una explicación sensata. Por eso me asomé al pasillo de los consultorios.

—Claro, yo tampoco conozco el lugar. ¿Y qué vio? ¿Alguna puerta trasera, una con el cartel de salida?

—No estoy muy seguro —dije con cierta vergüenza y bajando la voz: mi madre se despertaba de a ratos y pegaba el oído—. No lo sé, pude haberme confundido. Había poca luz. Mi vista… los nervios, ¿vio?

—Bueno, joven, no me sorprende —dijo doña Mabel moviendo la cabeza—. Imagino que usted conoce los rumores que circulan sobre esta clínica.

Imaginaba bien. El director de la institución, un doctor alemán con un pasado legendario —o acaso no tanto—, levantó el edificio sobre los restos de una antigua fábrica de vidrio. Su propietario, se comenta, desapareció sin dejar rastro. Pronto circularon infinidad de rumores sobre la clínica y sobre su fundador: experimentos extraños, comportamientos sospechosos. No faltaron quienes incluso descubrieron conspiraciones. Ocupado en el cuidado de mamá y de la casa, nunca presté mucha atención a las habladurías y me mantuve firme frente al murmullo ocioso. ¿Habría sido un error? ¿Tendría razón mamá cuando decía que uno es ciego sólo para lo que no quiere ver?

—No voy a negar que acá pasa algo raro —reconocí para ganar tiempo—. Pero permítame decirle que no creo en habladurías.

—¿Pero por quién me toma? —dijo doña Mabel, amoscada—. ¿Usted me cree una incauta?

—Perdóneme, no fue mi intención. Pero vamos, creer en esos rumores…

—A veces pueden ser ciertos, ¿no? —insistió la vecina—. Además, por algún motivo usted se asomó a la puerta. A ver, m’hijo, dígame: ¿adónde se van los pacientes?

—No lo sé, doña Mabel. Pero, si usted sospecha algo extraño… ¿por qué no se va?

—¿Y perder mi turno? Ni loca. Hace meses que lo espero. Además, en la salita de auxilios ya no atienden… ciertos casos. Por si fuera poco, los rumores sólo hablan de ancianos. ¡Y yo no lo soy!

A margen de que, efectivamente, muy anciana no era, la fuerza de su argumentación me dejó pensando. Miré a mamá, que seguía durmiendo. ¡Qué dulce se la veía! Tuve que contener mi ansiedad por llevarla a casa. ¿Puedo ser tan flojo como para doblegarme ante unos chismes ridículos? Admito que, dadas las circunstancias, quizá fuera sensato retirarnos sin más, pero nosotros también habíamos esperado meses por nuestro turno y, si nos íbamos, quién sabe para cuándo nos darían otro.

A mí no me van a engañar como a los viejitos del diario, me dije convencido.

—Ahí vienen a llamar a otro —anunció la abuelita de cuento. La miré y me di cuenta de que había escuchado mi conversación con doña Mabel. Por fortuna, mamá seguía en la suya, cabeceando.

—Número 24 —gritó la enfermera desde la puerta; por el tono, barrunto que con malicia.

Tranquilo, se levantó quien yo suponía que era don Vittorio. Enfiló para la puerta.

—Pobrecito —dijo la viuda Amelia, quien se había unido al grupo—. Don Vittorio era tan buen profesor… Mis hijas estudiaron con él, y lo bien que tocan el piano. A mí me dijeron que todo esto es obra de los nuevos vecinos, para que desaparezcamos y les dejemos el barrio libre. ¿Acaso no lo notó usted?

No pude más que coincidir. El barrio ya no es lo que solía ser. Resultaba notable cómo había cambiado. Y sí, ahora que lo mencionaba, quedábamos pocos para apreciarlo.

Pronto seremos menos, pensé con amargura. Cada vez menos, hasta que no quede ninguno.

Observé con recelo a un enfermero que pasó a mi lado y casi me levanto para interpelarlo, pero logré controlar mis impulsos. Cuando volví mi atención al grupo, la viuda ya no estaba. Miré con furia hacia Administración, pero ellos simulaban trabajar.

—La llamaron a la viuda —dijo piadosamente Doña Mabel—, y creo que se fue resignada. A lo mejor podrá olvidar a su difunto esposo.

La miré desconcertado, aunque no pude menos que maravillarme por la serenidad con que pronunció esas palabras. Dicen que las mujeres sueñan los peligros que acechan a sus seres queridos, y que los hombres lo hacen únicamente con los que se abaten sobre ellos. Acaso eso explique su tranquilidad y mis nervios incontenibles. Sin sorpresa, le llegó el turno a la misma Mabel.

—No se preocupe —me calmó —, yo le voy a avisar. Como le dije, no soy una anciana, no les intereso. En cuanto salga, vuelvo para notificarle que está todo bien, que hay una puerta. Quédese tranquilo.

Sólo atiné a pensar cuán coquetas son las mujeres, que ni siquiera frente al peligro develan el sagrado secreto de la edad. Cruzó la puerta sin vacilar. Tenía el número 26. Por razones que aún no logro comprender, en ese mismo instante me prometí que iría a la verdulería para comunicarle a don Anselmo la mala nueva.

Tras mirar de reojo a Administración, hice un rápido cálculo: quedábamos —¿faltábamos?— la abuelita de cuento, mi madre y yo. Durante la conversación, me pareció entrever que un anciano se había levantado y marchado sin pronunciar palabra. Y nadie lo había detenido. Con envidia, festejé silenciosamente ese triunfo. Pero yo no me iría por nada del mundo.

27, dispararon desde la puerta.

Deben estar apurados, cada vez tardan menos, pensé angustiado.

—Bueno, me llegó el turno —dijo la abuelita.

Sus palabras sonaron con tanta resignación que me deprimieron.

—Suerte —atiné a decirle.

—Para mí es lo mismo —me calmó mientras se encaminaba hacia los consultorios —. Yo ya estoy demasiado vieja, mi edad es una exageración.

Miré a mamá con una lástima profunda, eterna. Realmente la amaba y apreciaba lo que había hecho por mí durante tantos años, la manera en que me había educado, su amor, su dulzura. Pasaron unos minutos interminables. El miedo me paralizaba. ¿Había una puerta o una pared?

28, gritó la enfermera desde la puerta. Besé a mamá muchas veces, más de las acostumbradas. Ella se levantó y comenzó a caminar con el mismo paso lento que nos había demorado por la mañana. Creí advertir que los de Administración la miraban con ansiedad.

—Nos vemos, cuidate hijito —se despidió.

Sus palabras me golpearon sin piedad. ¿Las dijo porque sabía o sólo por costumbre? ¿Había una puerta o una pared?

Las piernas se me aflojaron y me senté. No me atreví a abrir la boca, solo a mirarla con cariño. Mis sienes martillaban con desesperación y para contener el temblor de mis manos decidí hundirlas en los bolsillos. Los dedos, trémulos, rozaron un trozo de papel, rectangular, pequeño, áspero. Lo supe al instante. El 29. ¿Cómo había llegado allí? Miré hacia Administración. Las caras de esos empleaduchos me sonreían, como gozando de su perversidad. Vi cómo mi madre desaparecía tras la puerta del pasillo. Entonces me levanté decididamente y salí corriendo. A mí no me iban a atrapar esos desgraciados…

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